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¿Por qué suceden cosas que nos disgustan y dañan en este mundo que Dios creó para nosotros?

La respuesta a esta pregunta que para todos es inquietante, se escapa del razonamiento humano, y hasta puede llevarnos a cuestionar el amor de Dios o su coherencia divina.


Podemos razonar la respuesta haciendo una separación entre cosas malas que pasan por actos nuestros o de otras personas que nos dañan, y aquellas cosas dañinas que suceden por desastres naturales que con frecuencia ocurren en la tierra.


Analizamos por separado las causas en cada caso y cómo evitarlas; pero la pregunta de por qué suceden, si vivimos en un mundo creado con amor por Dios, continúa sin resolverse.


Generalmente terminamos diciendo que es por castigo de Dios o porque él es indiferente a nuestro dolor. ¿Es así, o será que partimos de una base inapropiada al buscar la respuesta?



Por eso propongo que utilicemos las Sagradas Escrituras para encontrar una base que vaya más allá del entendimiento humano: ¿Qué es la vida y para qué vivimos, según nosotros y según Dios?


Para el común de los humanos, la vida en la tierra es lo más importante que tenemos y todos nos esforzarnos para vivir con comodidad y disfrutando que lo que llegamos a tener; pero para Dios es diferente. Es cierto que Dios les dijo a nuestros primeros padres, “multiplíquense, dominen la tierra y vivan de ella” (Gen 1:27-30), pero también les prohibió que comieran del “árbol de la vida” (Génesis 3:1-3), porque según yo lo entiendo, no estaban listos para comprender el alcance completo del propósito de la vida.


Llegado el tiempo propicio, Dios nos envió a su Hijo para que nos enseñara que esta la vida es para conocer el amor de Dios y querer vivir para la eternidad con El (Juan 1:9-18). También, con su muerte y resurrección Jesús nos mostró el camino de regreso al Padre para así cumplir con el propósito que desde un principio Dios tuvo para darnos la vida (Juan 14:1-6).


Partiendo de esta base, si podemos encontrar una respuesta concreta a la pregunta que nos inquieta.


Tanto lo bueno que nos alegra, como lo malo que nos hiere, es parte de la experiencia de vivir en la tierra sin ser un castigo o una injusticia de Dios; porque para Dios, nuestro propósito en la tierra no es tener una vida larga y sin sufrimientos, sino aprender a conocerlo a Él y su amor, tanto en lo bueno como en la malo, en lo justo como en lo injusto, en la comodidad y la adversidad.





Además, la tierra junto con toda la creación no es algo estático ni permanente, sino algo cambiante que vive y se transforma como nosotros, y tiene accidentes de igual manera y su vida material tenderá término al igual que nosotros (Apocalipsis 21:1). Dios escoge a unas personas para que tengan vida larga y corta para otros, según cuando sea el mejor momento para unirse a Él o para que dejen de hacer daño a otros aquí en la tierra. Como ejemplos tenemos el caso del profeta Elías (2Reyes 2:1-13), el rey Baltasar de Babilonia (Daniel 5:130) y de Juan el Bautista (Marcos 6:17-29). Por eso es fácil entender que a los niños abortados Dios los recibe de regreso con especial cariño, porque no se les da la oportunidad de tener la experiencia de vida aquí en la tierra (Lucas 18:15-17).


Por eso, debemos entender que las desgracias o las tristezas, y ni siguiera hasta cuándo vamos a vivir, son cosas que deben inquietarnos, porque el amor de Dios sobrepasa todo sufrimiento aquí en la tierra (Romanos 8:35-39).


¿Qué podemos hacer entonces ante las cosas malas que suceden en este mundo? Por una parte, debemos vivir conscientes de que nuestro tiempo de vida aquí en la tierra no es lo más importante, para así dejar de preocuparnos por eso y dedicar todos nuestros esfuerzos, a aprender lo más posible sobre el amor de Dios.



Además, el poder que está contenido en la libertad que Dios le dio a nuestra voluntad personal, debemos usarlo para vivir todos los días en comunión con Dios como si cada día fuera el último que viviremos aquí en la tierra.


Diácono Mario Ganuza

Arquidiócesis de Miami, Florida USA.

Agosto 2020

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